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El Síndrome de Alfa Centauri

By Sebastián Fernández Published August 16, 2017

El resultado de las PASO del domingo abre interrogantes y especulaciones de cara al futuro. Un escrutinio que se transformó en un selectivo papelón y una nueva e insospechada hegemonía que comienza a desplegarse.

En septiembre de 1991 se llevaron a cabo las primeras elecciones legislativas de la presidencia de Carlos Menem. La victoria del oficialismo, que logró más del 40% de los votos, generó en algunos sectores una enorme sorpresa. En Página 12, Martín Caparrós escribió “El voto descalificador”, una columna que “sangraba por la herida”- según sus propias palabras- fantaseaba con el voto calificado y concluía de manera contundente: “¿en qué país estamos, en qué país hemos estado todo este tiempo? Sin duda, en otro. En uno muy distinto del que imaginábamos al leer ciertos medios, al hablar con determinados amigos, al trabajar en algún que otro espacio que todavía queda.” 
 
La perplejidad de Caparrós es un ejemplo de Síndrome de Alfa Centauri, un mal que nos hace sentir de otra galaxia o nos lleva a pensar que esos conciudadanos que considerábamos como nuestros pares hasta el día anterior de las elecciones, son en realidad alienígenas. Es un mal que abarca todo el espectro político. Para el ineludible Marcos Aguinis, por ejemplo, "Buenos Aires es como París, en el centro de África" . África o La Matanza, galaxias aún más lejanas que Alfa Centauri.
 
El domingo 13 de agosto se llevaron a cabo las primeras elecciones legislativas de la presidencia de Mauricio Macri. Como en el caso de Raúl Alfonsín, Carlos Menem o Néstor Kirchner, el oficialismo las ganó, aunque con un porcentaje menor al de sus predecesores. Hubo una cierta perplejidad, como en 1991, ya que varias encuestas reflejaban un resultado diferente pero sobre todo por eso que escribió Caparrós hace 26 años, “escuchábamos las puteadas en la calle, las protestas, los chistes (sobre el gobierno) ¿Y, entonces, por qué no oficializarlo?”. 
 
La corta victoria de CFK sobre el oficialismo en la provincia de Buenos Aires fue transformada en triunfo épico gracias al “selectivo papelón”, como escribió Jorge Asís, del conteo de votos llevado a cabo por el ministro del Interior Rogelio Frigerio, quien lo frenó cuando luego de descontar 6 puntos de diferencia, CFK igualaba en votos a su rival Esteban Bullrich (“Con la cancha inclinada de los medios, y con el Código Penal enteramente en contra, Cristina Fernández, La Doctora, discutió voto a voto hasta la madrugada del lunes al avasallante Colectivo Cambiemos”). La victoria kirchnerista de Agustín Rossi en Santa Fe también padeció el conteo creativo del ministro.
 
“Y, entonces, ¿cómo puede ser?” se pregunta quién padece el Síndrome y sueña con devolver a sus conciudadanos a sus lejanos sistemas solares. Como escribieron Martín Rodríguez y Pablo Touzon en una columna de título apocalítico- Nagasaki- “el pueblo argentino les votó hegemonía, su 1985-1993-2005”También, como escriben ambos autores: “Se asistirá probablemente a una concentración del poder inédita en la historia argentina: nunca antes el poder de los votos, del Estado y de la Clase habían estado reunidas en torno al mismo grupo de personas.”
 
La capacidad de incidir en el sentido común ciudadano de esa Clase es también inédita. Pasamos así del drama de la Escribanía parlamentaria que atentaba contra la república a la necesidad de contar con más diputados para proteger esa misma república, como explicó la Mentalista Carrió la noche del domingo. Del personalismo atroz del peronismo llegamos al personalismo virtuoso de María Eugenia Vidal, quien llevó adelante con éxito la campaña como una virtual candidata testimonial. De la virtud del periodismo como última trinchera frente al gobierno asistimos a los apasionados arrumacos oficialistas de viejas glorias de la profesión como Jorge Lanata, director de Página 12 en la época en la que Caparrós escribía sus columnas. El sentido común de hoy nos habla de la virtud de un Ejecutivo fuerte, como durante el menemismo, el mismo que era virtuoso limitar durante el kirchnerismo. Y eso, sin contar el poder que aporta al oficialismo nuestra Santa Trinidad conformada por los servicios, los medios y la Justicia federal.
 
El peronismo mantiene un caudal electoral poderoso aunque fragmentado y sin un liderazgo claro. Por su lado, así como le dio su habitual plácet al gobierno, el electorado castigó al opoficialismo, esa oposición amable que desde Martín Lousteau a Sergio Massa apoya las iniciativas oficialistas y luego denuncia sus consecuencias. Al parecer, la Grieta tiene buena salud y no sólo por las referencias algo delirantes sobre la oposición que solemos escuchar desde el gobierno, prolíficas en mafias, narcomenudeo, intenciones satánicas y chavismos imaginarios.
 
Este es el rompecabezas que la oposición deberá analizar de acá a las elecciones de octubre y más allá, hacia las presidenciales del 2019. Una buena manera de empezar a hacerlo es no enojarse con el electorado, eludiendo como el ébola la tentación del Síndrome de Alfa Centauri. 

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