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El desafío de la polarización

By Tomás Aguerre Published June 21, 2017

Si hubiera veinte verdades en el manual de campañas PRO la primera diría que hay un nuevo elector. Lejos de ser un invento de Jaime Durán Barba, la tesis del nuevo elector se discute en la literatura política hace por lo menos 20 años. Es el hijo de las crisis de representación y la pérdida de identificación automática - si es que alguna vez fue así, automática - del electorado con los partidos políticos.

Más que una verdad, la tesis del nuevo elector es el axioma que le dio fundamento a todo el resto de las verdades que originaron las campañas anteriores del partido hoy en el gobierno.

La primera de ellas: que el elector selecciona candidatos de acuerdo al vínculo con la resolución de sus problemas cotidianos. “Que lo político se ponga al servicio de su vida, de su hedonismo, de su placer. No quieren dar la vida por un ideal. Su ideal es que su vida sea hermosa”, sostuvo Durán Barba en 2011. Difícilmente, asegura esta tesis, “el elector hedonista” pueda votar símbolos que no le ofrecen mejorías concretas en la vida cotidiana.

De ahí se deriva lo que el consultor sostiene como una segunda verdad que surge de la interpretación de sus estudios de opinión pública: la apatía política, el desinterés por el debate ideológico, como la regla general del electorado.

Tras esas dos primeras verdades se esconde un supuesto: la ya famosa idea de “círculo rojo”, que en Argentina se ha resignificado hasta asimilarla a establishment pero que originalmente significaba otra cosa. Concepto importado desde México, “el círculo rojo comprende a quienes son consideradas formadoras de opinión pública”, se sostenía aquí en una nota sobre Peña Nieto de 2013 (disclaimer: una nota en la que llamativamente se analiza un fenómeno parecido al que se dio con Macri en la encuesta de Poliarquía de principios de año: mejor evaluación entre los formadores de opinión pública que entre la opinión pública en sí misma).

Círculo rojo no se refiere sólo a periodistas sino también a esa minoría de ciudadanos informados que forman opinión entre sus pares. A ese círculo le importan cosas que al resto de la gente, “el electorado”, no: las políticas públicas, las declaraciones de candidatos, los posicionamientos ideológicos, entre otras cosas.

A ese círculo le importan también las propuestas de campaña, podría sostener una tercera tesis, mientras al electorado general no. “Son las imágenes y no los programas las que deciden quién gana una elección. Este no es un problema de gustos o de opciones ideológicas. Es irrelevante si a los derechistas les gusta que la gente vote por imágenes y a los izquierdistas que lo hagan por ideologías. Nosotros simplemente tratamos de conocer cómo actúan los electores para tratar de que nuestro cliente gane las elecciones. Para bien o para mal, todas las investigaciones coinciden en que la gente vota por la imagen de los candidatos más que por las doctrinas o propuestas”, sostiene Durán Barba en El arte de ganar. Alguna vez, Federico Sturzenegger relató el consejo que había recibo del consultor político: “lo primero es que no propongas nada (...) La gente no está particularmente preocupada por estas cosas. Así que no pierdas tu tiempo, eso no es relevante para la gente”. Tercera tesis entonces: si no importan las propuestas, entonces, importan los candidatos: son las imágenes y no los programas.

Por supuesto que cada una de estas tesis está concebida antes desde una posición ideológica que desde “un estudio”, como si los datos existieran previamente a sus interpretaciones. La “apatía política” explica algunos fenómenos pero deja afuera al mismo tiempo a muchos otros y difícilmente pueda inferirse desde una encuesta sobre intereses políticos. A la vez, la idea de que “se votan candidatos y no plataformas” es ciertamente cuestionada por otros consultores políticos, desde Mario Riorda en “¡Ey, las ideologías existen!” hasta el consultor australiano Lynton Crosby para quien, independientemente de si la propuesta programática influye o no en el voto, la elección de un tema o una política por parte de un candidato dice mucho sobre los valores o las creencias de ese candidato.

Pero más allá de ese debate, nos importa listar esas primeras proto tesis sobre la dinámica electoral del macrismo a los efectos de compararlas con la campaña que se avecina. Para decir, en primer lugar, que algunos acomodamientos del escenario comienzan a conspirar contra lo que el PRO planteó siempre en sus campañas.

Si anteriormente la elección del candidato fue uno de los sellos distintivos del PRO, con la incorporación de figuras “de afuera” de la política (bien documentado en el libro de “Mundo Pro”, de Bellotti, Vommaro y Morresi) los discursos que circulan hasta ahora en referencia a la elección del candidato difieren con esa tradición. “El candidato es la gestión”, aseguró María Eugenia Vidal. “El candidato es el equipo”, sostienen según La Nación desde la comunicación oficial y elevan la apuesat: “los candidatos van a ser María Eugenia y Mauricio”. Parece una de las primeras modificaciones en términos electorales que le ocurrirán al PRO en su salto de la oposición al oficialismo. Ya no van a importar, asegura el partido de gobierno, los candidatos, que no tendrán más margen para crecer sino hasta lo que les permita la figura de Macri y/o Vidal.

La segunda de ellas podría ser la elección del tema de campaña. Así como ser oficialismo significa contar con muchísimos más recursos materiales y simbólicos para elegirlo, el carácter de gobierno coarta la libertad de desechar algunos. En la campaña presidencial de 2015, el macrismo surfeó con éxito algunos de los temas que menos lo favorecían en el discurso público, especialmente aquél que vinculaba a Mauricio Macri con la posibilidad de un ajuste económico. El libro “Cambiamos” de Hernán Iglesias Illia relata el diseño de la estrategia por parte del equipo de comunicación para transitar ese terreno: “el gobierno (de Cristina Kirchner) está diciendo `nosotros le sacamos a los ricos para darles a los pobres y el PRO quiere volver a darles a los ricos`. Mientras no desarticulemos esta idea va a ser muy difícil avanzar, dice Jaime. Tenemos que armar un personaje que sea incapaz de hacer un ajuste (...) Nunca (o casi nunca) un gobierno que ajustó pudo después recuperar la popularidad perdida durante el ajuste”. Otro de los asesores en comunicación durante aquella campaña, el sociólogo español Roberto Zapata, advirtió, según el mismo libro: “cuando (Macri) habla de economía, cuando dice, por ejemplo, que va a liberar el cepo, detona cosas. Detona miedos de devaluación, que a su vez se transforman en miedo a un ajuste (...) Para eso, parecen decir los datos de Zapata, hay que hablar poco de economía, poco de la `herencia recibida`”.

En diversas notas de análisis político se sostiene, sin embargo, que el tema de la campaña ya ha sido elegido: independientemente de quiénes sean los candidatos que presente la oposición, el gobierno ha decidido que su eje de campaña será la discusión contra el kirchnerismo. “Las expresiones opositoras a Cambiemos son legítimas, pero las expresan las personas que fueron parte del Gobierno hasta diciembre de 2015. Ellos defenderán sus ideas, pero son parte de la Argentina que queremos dejar atrás”, aseguró el jefe de Gabinete, y uno de los encargados del diseño y la implementación de la estrategia electoral, Marcos Peña.

La estrategia “polarizar con el pasado” le pone al gobierno desafíos por delante que deberá sortear en la campaña electoral. El primero de ellos implica ir en contra de sus propios postulados de campaña. Deberá concebir un elector nuevo que ya no votará por la resolución de problemas cotidianos sino por lo que anteriormente el PRO llamó la simbología: “el proyecto”, “la gestión” o “el futuro”. En segundo lugar, deberá encontrar la forma de polarizar en un diseño institucional tan poco afecto a la polarización como es una elección legislativa. El electorado escogerá legisladores y por lo tanto los incentivos para la polarización parecen más bien escasos: votar terceras fuerzas es “más barato” que en una elección ejecutiva. A ese electorado al que tradicionalmente se consideró “líquido” y apático en términos de política partidaria, debe el PRO convencer de dar una disputa simbólica entre futuro y pasado que, más que evaluar los beneficios materiales concretos de la actualidad, se desarrolla en el ámbito de las expectativas.

El salto de oposición a oficialismo lo enfrentará además a un escollo novedoso: la necesidad de representar “lo nuevo” después de dos años de ser gobierno. Esa situación que macrismo y electorado comienzan a descubrir a la par, a pesar de ser un partido con más de una década de existencia en el país, puede presentar dificultades nuevas que el gobierno ya reconoce y que difícilmente se resuelvan sólo por la presencia del kirchnerismo como una de las alternativas electorales.

Tiene de su lado el gobierno todas las ventajas de un oficialismo, especialmente en el plano de la intervención simbólica sobre la discusión pública. Pero, lejos de ser una elección ganada, quizás como en ninguna otra elección anterior el camino que decida adoptar el PRO tendrá tantos efectos - positivos o negativos, se sabrá luego de octubre - en el desarrollo de un resultado electoral.

* Tomás Aguerre es editor del sitio http://artepolitica.com/

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