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Duelistas sanluiseños. La historia contó más de 35 lances caballerescos

By Jorge Rosales para www.inbicible.blogspot.com.ar Published July 14, 2017

“Mañana temprano tendrá lugar el duelo entre el profesor Alfredo Bianchi y Juan Aragón. Los padrinos han determinado hoy en sus trámites como condición, pistola a cinco tiros y diez pasos de distancia”. Lejos de escandalizar la noticia publicada un 27 de mayo de 1930 en vespertinos de la ciudad, a pocos puntanos consiguió interesar. Todos parecían conocer ya de antemano qué ocurriría en el desenlace.

En las primeras décadas del siglo XX los retos caballerescos en San Luis representaban para muchos una pantomima y este nuevo desafío tampoco sería la excepción. La falta de uno de los contendientes a la cita pactada en El Chorrillo, haría al día siguiente que "La Reforma" los calificara de "cómicos", porque "sabiendo que la sangre no llegará al río hacen siempre la parada, al sólo objeto de salir en letras de molde”, sentenció.

El súbito viaje a Capital Federal del procurador Juan Aragón por escaparle al duelo, mereció la condena de “actitud indigna de todo caballero”, conforme el código de honor invocado en la resolución de estos conflictos. A la vez que también se hizo constar en acta, el rechazo al ofrecimiento de Juan Carlos Finochetto -uno de sus padrinos-, para ocupar el lugar del"escurridizo ahijado".

En más de 35 duelos contabilizados a través de la prensa, entre 1884 y 1945 en San Luis, no sería esta la primera vez que reculara un desafiante tras concertar el lance. Diez años antes, el 26 de noviembre de 1920, Julio Amieva estuvo esperando en El Chorrillo desde las 4 de la mañana al regente de la Escuela Normal de Varones, Humberto Podetti, quien viendo que la policía tardaba en llegar a su casa, se presentó arrestado en la Central.

Por estar encuadrados estos enfrentamientos en un delito, cualquier interferencia de la justicia era mal vista entre los duelistas. Y no faltaban artimañas como la de Enrique Jurado que mandó los padrinos a Alfredo Arancibia Rodríguez, pero antes tuvo el cuidado de denunciarlo a causa de un ataque que recibió por la espalda. Su acusación -comentaba la prensa en diciembre de 1919- le hizo perder el derecho a exigir una satisfacción.

Obligados a conocer de códigos caballerescos, ningún detalle debía escapar a todo buen desafiante, entre ellos el impedimento de ser suplantados. Regla que Juan T. Zavala eludió en diciembre de 1906 enviando a su hermano Jorge, a batirse con otro Arancibia Rodríguez (Alberto) por haberlo agraviado en dos notas periodísticas. La excusa del reemplazo fue que el verdadero ofendido ocupaba el cargo de ministro y no podía bajar al terreno del honor.
En San Luis de antaño cualquier calumnia o injuria contra una persona era motivo suficiente para exigir una reparación por medio de las armas. Sobre todo entre individuos pertenecientes a familias distinguidas, y aquellos que pretendían adquirir mayor protagonismo público, coincide en describir la historiadora Sandra Gayol en su investigación sobre los duelos en la Argentina moderna.

El gobernador Toribio Mendoza prueba su puntería al inaugurar en 1942 las nuevas instalaciones
del Tiro Federal (Foto La Vía - Archivo Histórico)

La honorabilidad en el desempeño social, político, profesional, como económico constituía un valor de gran relevancia y motivo suficiente -incluso- para rechazar un lance. Razón que esgrimió el doctor Octavio Paladini frente Américo Aguilera en agosto de 1919, al remarcarle que en virtud de haberse comprobado que adulteró su título de médico, no reunía las condiciones caballerescas para enfrentarlo.

La prensa por su parte publicaba el cruce de notas entre duelistas, en secciones llamadas “Campo neutral” o “Personal”. A nadie preocupaba que estuvieran prohibidos, a menos que la policía aplicara el artículo 107 del código penal de 1887. Instigador y retado -si hubiese aceptado el desafío- eran detenidos como les pasó a Pedro Ribas junto al comisario Galán en Villa Mercedes, de quien se sospecha filtró el dato a su jefe en mayo de 1908.
Un lance caballeresco debía tramitarlo el lesionado antes que pasaran 24 horas de producido el entuerto, con el envío de dos padrinos al agresor, quien también designaba los suyos. De no existir un pedido de disculpas o aclaración sobre lo sucedido, se exigía una reparación a través de las armas (sable, espada o pistola, en muchos casos a primera sangre), además de acordar lugar y hora para el enfrentamiento.

Aunque en San Luis no era común llegar a esta última instancia, el único duelo -según consta en el diario "El Pueblo"- que enfrentó dos puntanos a sablazos limpios, sucedió en febrero de 1893 en Sampacho (Córdoba). Para evitar que la policía impidiera la contienda, hasta allá viajaron Julio Daract, quien acabó con una herida en el brazo, y Teófilo Saá antes de ser electo gobernador provisorio ese mismo año.

En la vida de un político el reto caballeresco representaba una foja digna de incorporar al legajo personal. Era la prueba de capacidad resolutiva y voluntad de arriesgar la vida por sus pensamientos. Pero también los lances podían gestarse en el ámbito del comercio, o disputando el corazón de una mujer. Fue el caso del puntano Martín Lucero que cumpliendo funciones diplomáticas en España, se batió con espada de combate a principios de 1913.

Su oponente resultó ser nada menos que el duque de Amalfi, Antonio de Zayas-Fernández de Córdoba y Beaumont. Y el motivo: “Una hermosa chilena, tan bella como rica que los ha cautivado con el misterio insondable de sus ojos”, decían los cables del extranjero. Al término de la disputa la herida en el brazo de uno y la estocada en el hombro del otro, tampoco bastaron para sellar la reconciliación en el terreno.

Para algunos dirigentes políticos nunca estaba de más aprender a empuñar el florete, y elegían instituciones como
el club Gimnasia y Esgrima donde tomar sus lecciones. (Foto José La Vía - Archivo Histórico)

Si algunos esperaban que las aulas pudiesen cambiar este ritual, poco ayudó que el rector del Colegio Nacional, Raúl Lucero, desafiara en 1939 al ex secretario del establecimiento, Esteves Liceda. Hasta los alumnos -animados tal vez por las lecciones de tiro que recibían en los últimos años- enviaban sus padrinos ante una reprimenda docente, como lo hizo en 1930 Felipe Velázquez con el profesor Bianchi en la Escuela Normal de Varones.
El Club Social, las instalaciones del Gimnasia y Esgrima o clases particulares, eran el modo frecuente que buscaban los puntanos para adiestrarse en el manejo de las armas. Otra opción la constituía la Academia Militar con su polígono cruzando el río y pegado a los campos de Vicente Sirabo, quien padecía la mala puntería de los novatos tiradores al denunciar semana por medio la muerte de sus animales vacunos.

También la prensa, en su papel de tribuna pública para el intercambio y debate de ideas, estuvo involucrada en duelos resonantes. En la ciudad de San Luis por citar algunos, Bonifacio Suárez con el periodista de “La Reforma” Arturo Auderut en 1906. O el ministro Nicolás Jofré molesto porque "El Pueblo" lo había tildado de "yeta" al caer un rayo sobre el techo de su despacho, desafió a su responsable, León R. de la Plaza en 1918.

En Villa Mercedes también

En Villa Mercedes, de los lances contra la labor periodística uno involucró a Juan Saá y Aníbal Luna, del periódico “Noticias” en 1927. Pero el que allí concentraría la mayor atención, sus retadores vendrían de afuera de la Provincia eludiendo a la justicia. Ellos fueron el secretario de Hacienda de la comuna de Córdoba, José Aguirre Cámara con el director de"La Voz del Interior", José María Carceglia, que se enfrentaron un 18 de marzo de 1929.

Apostadero del Tiro Federal a donde los puntanos iban para afinar su puntería. (Foto La Vía - Archivo Histórico)

Según las cláusulas acordadas el arma empleada sería sable de doble filo y punta, con asaltos que durarían dos minutos, hasta que uno de los duelistas quedara en inferioridad de condiciones. Iniciada la reyerta a las 17 horas, al transitar la segunda vuelta el funcionario municipal quedó herido en varias partes del cuerpo; lesiones que lo dejaron fuera de combate no bien comenzada la tercera arremetida.

Y pensar que haya personas que creen ´salvar el honor´, cambiando dos tiros al aire más o menos convenidos de antemano, o dándose tajos recíprocos. Se acusa a un ciudadano de ladrón, se presentan pruebas fehacientes, y el ofendido no piensa levantar los cargos, sino que manda dos padrinos. Suponiendo que le pegue un tiro al ofensor: ¿Queda salvado el honor?”, se preguntaba con fundamento "La Reforma" en 1919. 

Al cabo de los años otro reto, aunque en Buenos Aires y con trascendencia nacional, le daría al diario también la razón. El gobernador electo Manuel Fresco enfrentó a duelo a Alejandro Miñones, por denuncias de fraude electoral en 1935. Tanta publicidad tuvo el combate que devino en un gran espectáculo público, para que las graves acusaciones sobre lo ilegítimo de la votación pasaran a un segundo plano y terminaran perdiéndose en el olvido.

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