Domingo, 16 Mayo 2021

Soy Leonardo da Vinci, invitado del Rey de Francia

Publicado el Martes, 20 Abril 2021 07:17 Escrito por Àlex Sala para National Geographic

[Esta carta es un relato ficticio que recrea las reflexiones de Leonardo da Vinci a partir de los diversos relatos y fuentes de la época. Texto: Àlex Sala para National Geographic]  

Leonardo da Vinci acaba de cumplir 66 años y lleva casi dos instalado en Amboise, localidad del interior de Francia, como protegido del rey Francisco I.  Esta carta dirigida a un destinatario desconocido nunca se llegó a enviar. Su encabezado está escrito de derecha a izquierda, como acostumbraba a redactar el genio florentino, y cuyo texto puede leerse reflejado en un espejo...

Querido y viejo amigo,

Siento que en este rincón de Francia he encontrado al fin la paz y la tranquilidad que buscaba. Llevo casi dos años instalado en el valle del Loira y mi vida no podría ser más placentera. El rey de Francia, Francisco I, me ha acogido en su corte de Amboise y me honra con una asignación de mil ducados anuales. 

Hace años que los medici (1) de Italia abandonaron a este viejo achacoso. Ni su salud ni su compañía les han importado desde hace años. Cuando Giovanni di Lorenzo de Medici se convirtió en papa en 1513 pensé que mi talento sería valorado en Roma. Pero fue como si el hijo de Lorenzo el Magnífico, al adoptar el nombre de León X, se desprendiera a la vez del apellido Medici y de la consideración que esa familia había tenido siempre hacia mí.

Parece que ahora los cardenales de Roma solo tienen ojos para Buonarroti, ese joven escultor de mal carácter y figuras desmesuradas. Su gusto por los cuerpos moldeados por una exagerada musculatura (en ocasiones aberrantes, a mi parecer) ha sustituido a la mesura y el equilibrio de mis madonnas y santos también entre las preferencias en San Pedro.

En Roma, tan solo recibí desaires. El propio pontífice desdeñó mi último San Juan, una de las tres pinturas que me han acompañado a Francia (junto a una virgen y un niño en el regazo de Santa Ana y el retrato de la bella Lisa del Giocondo). Tal vez sea docto en Teología, pero es un necio que no sabría distinguir una pintura vulgar de una verdadera obra maestra.

Siento que no merecía tal ingratitud y que tal vez debí partir antes de Roma… Pero no quiero que esto sea una relación de agravios, porque ahora estoy en un lugar donde se me aprecia y se me valora como creo que merezco. Francisco I ha puesto a mi disposición a sus propios médicos, que se ocupan de mi maltrecha salud, y una residencia llamada Cloux que se encuentra a unos 2.500 pies de distancia [800 metros] de la imponente residencia del rey Francisco, el castillo de Amboise, edificada sobre un promontorio que domina el río Loira. 

Se trata de una de las tantas fortalezas de origen medieval que salpican el curso medio y bajo del Loira (Chaumont, Villandry, Ussé, Brissac, Sully-sur-Loire etcétera). Que fueron el escenario de las prolongadas luchas feudales que asolaron este territorio hasta hace bien poco, y que hasta hace menos de un siglo aseguraban las posiciones de los combatientes en la guerra que enfrentó a Francia e Inglaterra durante más de cien años.

Tras ese largo conflicto, se convirtió en la plaza favorita de los reyes franceses, que sin duda encuentran aquí un clima más benigno que en París. Los predecesores de mi soberano (que creció y aprendió el oficio de rey en este castillo) ya reformaron este lugar para convertirlo en un palacio sin que pierda el aspecto de bastión infranqueable.

Desde mi residencia puedo ver la cara meridional de la fortaleza. Este tramo de muralla (el opuesto al curso del río) es un revestimiento de piedra de la enorme pared de la meseta sobre la que se erige el castillo y se levanta muy por encima de las viviendas y los árboles situados debajo. Los caballos y carruajes ascienden a las terrazas del castillo desde la población por una inmensa torre de herradura situada más o menos a la mitad de esta pared. La entrada principal a la ciudadela está situada al este y solo se puede acceder a ella a través de un estrecho puente que salva un escarpado barranco. En el interior de la muralla se acumula un amasijo de edificios de diferentes períodos de los que sobresale el palacio real propiamente dicho.

Vista del Castillo de Amboise desde mi residencia dibujada por uno de mis discípulos.

La mansión que tan generoso señor ha puesto a mi disposición es magnífica construcción de ladrillo rojo y techos de pizarra, rodeada de muros altos. Una torre de vigía recuerda su pasado como casa fortificada, de ahí que los lugareños llamen castillo a este lugar, aunque sea más bien una villa campestre. La residencia y su amplio jardín se levantan sobre un terreno ligeramente en pendiente que cae abruptamente hasta un pequeño estanque.

Mi estudio, situado en el segundo piso, desde donde te escribo esta carta, es una amplia habitación en la que me entrego cada día a la lectura o a mis estudios sobre la naturaleza o la ingeniería y a ordenar los miles de folios con apuntes sobre ciencia, anatomía y tecnología que he ido acumulando a lo largo de las décadas. Un lugar muy apacible para trabajar, abandonarme a mis pensamientos o, simplemente, contemplar a los juguetones gatitos que pululan por la mansión. Mi última afición es analizar su comportamiento y dibujar sus gestos mientras retozan. 

Dos de los gatitos que he dibujado durante mi estancia aquí.

A veces me quedo absorto contemplando los campos, el río o la propia fortaleza real a través de las ventanas de mi estudio. Como cambia su color dependiendo de la luz que se proyecta en ellos. Lo días de fuerte tormenta, puedo pasar horas mirando su evolución a través de los cristales: la tromba de agua que cae del cielo, las ramas de los árboles retorciéndose al compás del vendaval y las hojas agitadas y volteadas. 

Imagino cómo sería el poder desbocado de la naturaleza: árboles arrancados por el furor de los vientos y los montes arruinados y descarnados por el ímpetu de los torrente. Algunos hombres caídos al suelo, los que permanecen de pie intentan protegerse para que el viento no pueda llevarlos. La tormenta descarga una cortina de agua interminable sobre el castillo. Ninguna construcción humana puede impedir que, desbordado el río, las monstruosas olas del diluvio, destruyan todo cuanto encuentren a su paso en el valle.

Así he plasmado un valle inundado por el diluvio.

Pero a pesar de mi afición por dibujar escenarios apocalípticos, debo reconocer que el paisaje aquí es muy diferente, El clima es similar al de Florencia o Milán, inviernos rigurosos y veranos cálidos, aunque no tan calurosos como los de allí. La lluvia, de promedio, también parece algo más escasa, lo que siempre es de agradecer, aunque a cambio tengo la sensación de soportar más días ventosos que en Italia.

El entorno está compuesto de campos de cultivo que conforman un mosaico multicolor, de tonos verdes en primavera, que varían hacia ocres y amarillos en verano, o terrosos después de la cosecha y aprovecho las jornadas estivales para pasear. Acariciado por la brisa fluvial que sin duda ayuda a mitigar el calor, mi mente se traslada hasta mi infancia, y evoca unos recuerdos de manera tan vívida como si hubieran sucedido ayer. 

Me veo en Vinci, rodeado de vides y olivos. En un valle moldeado, también, por un río (en ese caso el Arno), árboles de sombra con sus copas mecidas por el aire e interminables cañaverales que se extienden a lo largo de su curso. Un entorno en cierta manera reflejado en mis retratos, discretamente en segundo plano, que evoca esos paisajes reales en los que uno se complació alguna vez. 

Como ves, mis días transcurren sin angustiosas urgencias o la presión de clientes ansiosos que me obligan a trabajar con prisas cosa que, como bien sabes, aborrezco enormemente. Y ello es gracias a mi generoso señor, que nunca me ha impuesto ninguna obligación en concreto. Cosa que agradezco, ya que estoy impedido de mi mano derecha desde que sufrí una apoplejía hace varios años y, si bien puedo dibujar sin problemas con la mano izquierda, me es imposible pintar o sostener la paleta como lo hacía antes.

Siento no poder compensar a tan generoso monarca tal como merece debido a mi vejez y a mi precaria salud. Nada me haría más feliz que responder a su generosidad realizando para Francisco uno de mis retratos, aunque él tampoco me lo exige. Se conforma con mi compañía. Casi a diario saca tiempo de sus muchas obligaciones como gobernante para acercarse a mi residencia y conversar de ciencia, religión, filosofía o arte. 

Lo único que puedo hacer es agasajarlo con espectáculos fastuosos, como la Fiesta del paraíso, que hace pocos días ofrecí a mi mecenas en los jardines de mi villa. Una representación con la bóveda celeste recreada con una cubierta de tela azul con estrellas doradas que se extendía sobre los asistentes. Cientos de antorchas, convirtieron la noche en día y los asistentes, maravillados, vieron un portento mecánico de mi invención: un gigantesco orbe celeste alrededor del cual giraban los signos del zodiaco y que se abría mostrando el paraíso en su interior.

Ahora debo dejarte, amigo mío, el aroma que asciende por las escaleras desde la cocina me alerta de que ha llegado la hora de cenar. Maturina, la cocinera que se desvive por mi dieta y gracias a la cual he probado las deliciosas especialidades locales, se enfada si me retraso y se enfría la sopa. Dice que es una falta de respeto, como si ella pintara sobre uno de mis cuadros… Y creo que no le falta razón.

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(1)  Medici significa "médicos" en italiano, de ahí el juego de palabras de Leonardo da Vinci, dando a entender que su precario estado de salud se debe a la desatención médica. Además dicha palabra, Medici, coincide con la poderosa familia florentina mecenas de artistas del Renacimiento, entre ellos el mismo Leonardo.

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