Miércoles, 08 Diciembre 2021

Moleste a quien moleste

Publicado el Jueves, 21 Octubre 2021 08:22 Escrito por Juan Grabois - Dirigente Frente Patria Grande

Las dos extraordinarias movilizaciones nos muestran la vitalidad del movimiento popular argentino cuyo corazón histórico sigue enraizado en el peronismo, correctamente definido por John William Cooke como el “hecho maldito del país burgués”. Sin embargo existe una evidente crisis en su conducción que se expresa en la ausencia de un horizonte claro de cambio humanista, sostenible y profundo para las mayorías, comenzando por el multitudinaria tendal de excluidos que se acumula en las periferias y la trágica degradación de los ecosistemas de nuestra extensa patria.

Todos los hombres y mujeres con responsabilidades de conducción somos parte del problema. Las pequeñas ambiciones, la frivolidad, el sectarismo, las rivalidades, las corruptelas, las claudicaciones, la falta de un compromiso consecuente con las banderas históricas del peronismo y las nuevas banderas socioambientales sintetizadas en la consigna de las 3T que se exprese en un programa plurianual de desarrollo humano integral; todo ello debilita nuestro campo y fortalecen el campo neoliberal en todas sus variantes sin excluir las que se filtran en las organizaciones políticas, sociales y sindicales del campo popular.

Es evidente también que más allá de todas sus desviaciones, la coyuntura exige un esfuerzo por transformar esta vitalidad movilizante en una escucha activa del pueblo, una rectificación del rumbo político-económico y un triunfo electoral que nos permita mejores condiciones para transitar esta etapa y avanzar a una fase superior.
Entre estas dos aguas, la autocrítica necesaria para mejorar y la activación urgente de nuestras fuerzas para triunfar, debemos navegar los militantes populares consecuentes con las necesidades y aspiraciones de nuestro pueblo. En ese marco, quisiera compartir algunas reflexiones sobre la gesta que conmemoramos.

El 17 de octubre se produjo el primer acto de la revolución justicialista con la irrupción de la clase trabajadora en la vida pública argentina. La revolución produjo cambios estructurales en nuestro país entre los que podemos destacar la creación de un nuevo corpus de derechos para las mayorías trabajadoras, una verdadera reforma agraria que le dio tierra a miles de chacareros, acceso masivo a la vivienda para los sectores populares y el fortalecimiento de la organización comunitaria en el plano sindical, barrial, deportivo, etc. Esta revolución estuvo cimentada en la planificación del desarrollo nacional, la activación política del pueblo trabajador, el ejercicio de la soberanía sobre comercio exterior y recursos estratégicos, una perspectiva geopolítica latinoamericanista y multipolar. Los monopolios y la oligarquía nunca le perdonaron al peronismo estas conquistas. El imperialismo nunca le perdonó a la Argentina la pretensión de ser la vanguardia de una Latinoamérica unida, potente, digna.

Pareciera que algunos compañeros y compañeras han adoptado la actitud de pedir constantemente perdón por esos pecados en vez de reivindicar con orgullo la naturaleza revolucionaria del movimiento y la inevitable confrontación con las élites que implica sostener sus banderas.

Estoy convencido que la irrupción de los cabecitas del presente está cerca. Puede expresarse en distintos modos, pero está cerca. Junto a ella vendrá un cambio de paradigma. Los dirigentes sociales, sindicales y políticos no estamos a la altura del horizonte revolucionario que necesita nuestro pueblo. No somos capaces de propiciar esta irrupción y sintetizar el programa de cambio que requiere.

En los últimos meses pareciera haber cierta competencia para ver quién es el mejor garante de los intereses y la estabilidad que exigen los monopolios, la oligarquía y los factores de poder real de las élites; una competencia por demostrar quién tiene la manija para conformar con el menor gasto posible a la masa indómita del pueblo; ¿para qué? Para “normalizar” el país… ¿y para qué quieren estas élites un país normal? Para saquear nuestras pampas, nuestro petróleo, nuestro litio, nuestra riqueza ictícola, desmontar nuestros bosques, aplastar nuestros humedales, inyectar cianuro a nuestro territorio, dejando todos los pasivos socioambientales en el país y llevándose todos los activos económicos a paraísos fiscales.

Con la misma intensidad puede verse un sistemático contarles las costillas a los pobres por las gotitas del derrame que se filtran hacia el subsuelo de la patria en forma de esos malditos “planes” que no superan el 0,5% del presupuesto nacional pero sostienen un entramado socio-laboral que le da trabajo, sí, trabajo, a casi dos millones de argentinos. Aunque se presente con el más noble de los ropajes, lo que sucede verdaderamente es un intento obsesivo por sacarle al peronismo el estigma que le asigna Mauricio Macri: ser el partido de los que no trabajan. Se asume así la agenda de la derecha y la idea de que el país está lleno de vagos.

El movimiento nacional tiene que cambiar el chip y recoger el guante frente al desafío de crecientes ideologías deshumanizadas. Se trata de asumir las premisas de una revolución humanista absolutamente necesaria y posible. El cuidado de la Casa Común que ponga coto a la voracidad del extractivismo, la redistribución de la riqueza reconociendo a través de un salario universal las formas alternativas de trabajo, el impulso de procesos masivos de acceso a la tierra, el techo y el trabajo, una reforma del sistema de salud y sobre todo de educación pública; nada de esto puede lograrse sin dar una lucha política y social contra las grandes empresas monopólicas, las corporaciones extractivas, los grupos financieros trasnacionales y el Fondo Monetario Internacional. Ninguna de estas luchas puede darse sin cambiar el chip.

Esto es lo que hizo Perón. Cambió de partitura para tocar otra sinfonía. Su grandeza histórica no radica en haber satisfecho el deseo de los capitalistas ni cantar música para sus oídos sino en haberlos subordinado a un proyecto plebeyo conducido por las fuerzas nacional-populares de su tiempo. Perón tuvo la sabiduría para escuchar, expresar y conducir al conjunto asumiendo siempre que la columna vertebral del movimiento eran los de abajo representado por el movimiento sindical, el escudo de los nuevos derechos eran los humildes que el fervor de Evita expresa tan bien.

Para propugnar un Gran Acuerdo Nacional están los Lanusse. No necesitamos eso. Necesitamos un nuevo Perón, tal vez un Perón Colectivo, que recoja toda la fuerza acumulada en el seno del pueblo y la conduzca en la construcción de la Nueva Argentina.

Moleste a quien moleste.

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