Martes, 31 Enero 2023

¿Se replantean los términos de la revolución social o ha salido del escenario histórico de los pueblos?

Publicado el Sábado, 10 Diciembre 2022 09:50 Escrito por Iván Ojeda

Los términos que conceptualizaban el fenómeno de la Revolución Social, parecen haber cambiado. Las revoluciones históricas produjeron cambios que lograron la independencia política en muchos casos, pero las más impactantes fueron aquellas que generaron cambios estructurales, afectando a la organización social, económica, cultural e institucional de la vida de los Pueblos. Las Revoluciones Sociales. ¿Es posible que aún se produzcan? ¿O se están reconfigurando en otros términos?

Estas Revoluciones, causadas en álgidos momentos de conflictos producto de extremas desigualdades y sufrimientos, son reacciones con cambios bruscos del sujeto social y colectivo; es decir del, conjunto de la población, sin ninguna dirección política manifiesta, caracterizada por su espontánea masividad, resultado de subjetividades afectadas por la percepción colectiva en un momento histórico dado de situaciones de desesperanza y hartazgo.

Masificadas rápidamente, nunca han sido, como se cree tanto en  el imaginario colectivo, como en las elucubraciones intelectuales o en los análisis políticos, resultado de la intencionalidad de subjetividades ideológicas, políticas o religiosas, aunque a medida que las revoluciones se configuran, dichas subjetividades van hegemonizando, legitimando y profundizando su desarrollo.

Además de producir cambios estructurales, su constante movimiento, en tanto pervive, se caracteriza por la libertad absoluta de la expresión popular en tanto opinión, debate y acción de los ciudadanos, generando organizaciones espontáneas y conflictos internos al interior y exterior de las mismas, que se agudizan, definen y exigen posiciones aglutinantes.

Estos movimientos colectivos, trastocan la vida cotidiana, al afectar a la organización social, institucional y productiva, y con el fin de asegurar los cambios establecidos -por parte de dirigentes que surgen de esas organizaciones y acciones instituyentes-, concluyen muchas veces en institucionalizaciones esquemáticas que encorsetan al movimiento disolviéndolo, o disciplinamientos ideológicos que frustran el dinamismo que les dio origen, diluyendo el espíritu de cambio.

Sus desviaciones, suelen manifestarse en autoritarismos, que aprovechan el deseo colectivo liberado alimentándolo con pensamientos mecanicistas y dogmáticos, buscando legitimar esas acciones en función de cruentas luchas de poder que terminan en dictaduras y burocracias, estancamiento y parálisis social y política.

Los momentos cualitativamente positivos son los procesos de su desarrollo, donde el protagonismo público y masivo de las fuerzas sociales confluyen con entusiasmo y compromiso detrás del objetivo esperanzador común, a fin de terminar radicalmente con la asfixia, visibilizando injusticias y demandas, y politizándose progresivamente frente a los poderes tradicionales, produciendo gran resistencia y reacción de los mismos.

Esto último ha llevado tanto a situaciones insurreccionales, como la Comuna de París en Francia, la de Budapest en Hungría, la Primavera de Praga en las Repúblicas Checa y Eslovaquia, todas reprimidas brutalmente, o en todo caso a guerras civiles –cuando la masa del Pueblo  se parte- como ocurrió en España, Rusia y China-, o en insurgencias que terminaron en los levantamientos populares de Cuba, Nicaragua y El Salvador, con las consiguientes dictaduras de elites, o cambios a procesos democráticos reformistas sin afectar estructuras económicas y sociales de base, salvo en la Revolución Cubana.

Hay ejemplos de movimientos masivos que no han producido cambios estructurales tan profundos, pero que sirvieron para avanzar hacia una democracia de más calidad; son aquéllos realizados al interior de ámbitos institucionales ya establecidos, tales como el 17 de octubre del ‘45 en nuestro país, la gran Reforma Agraria brasileña de Joao Goulart, la Revolución Socialista por la vía democrática de Chile en 1970 –todas experiencias que al avanzar hacia cambios estructurales, fueron derrocadas por Partidos Cívico-Militares y Corporaciones-; la disolución del Apartheid en Sudáfrica, el derrumbe del gobierno burocrático-socialista de Polonia por el Sindicato Solidaridad,  y la caída del muro de Berlín con la consecuente unificación alemana, producto del proceso de disolución de la Unión Soviética en Federación Rusa.

Estos tipos de movimientos, que han ampliado la base democrática con mayor participación de la población, no han logrado consolidar cambios reales y profundos de las estructuras, en lo que concierne a la base económico-social y al aparato jurídico-político que las legitima; antes bien, sus cambios fueron limitados por las instituciones que las expresan, y cuando pretenden avanzar en algunos de esos cambios básicos, estallan conflictos con los sectores que detentan el poder real. 

El concepto más claro de lo que ha significado una Revolución Social ha sido el de cambio de las Relaciones Sociales de Producción, resultado de la lucha por la hegemonía, de la gran propiedad, del modo de producción y de la distribución de la riqueza.

Hoy, asistimos a varios fenómenos a tener en cuenta para mejorar la vida de los Pueblos y resolver las contradicciones propias del Sistema establecido, con serias consecuencias para la existencia: la bipolaridad económica frente a la multipolaridad exigida por los Pueblos; la crisis del Capitalismo Neoliberal y la Globalización de la producción y del consumo frente a la desigualdad de la distribución de bienes básicos para la vida; la sobreexplotación de las personas y de la Naturaleza frente a la necesidad de amparo y protección legal del trabajo saludable y digno; el resurgimiento de la xenofobia ante la presencia de grupos instituyentes de nuevos derechos universales.

Tras la desintegración del mundo bipolar militar producto de la guerra fría, se profundizó la bipolaridad económica de Países del Norte o desarrollados y Países del Sur o de economías emergentes, en pobreza creciente y endeudados por el Sistema Financiero Internacional hegemonizado por aquellos países.

Ha surgido también una multipolaridad militar frente a la progresiva desintegración hegemónica estadounidense dada la pérdida de su objetivo estratégico, ahora orientada con preferencia al mundo islámico y a los bloques euroasiáticos, estos últimos también con intereses geopolíticos.

La reproducción del Capitalismo con la globalización, consecuencia de la tecnología y las comunicaciones, ha generado una gran concentración económica y financiera tanto en su versión ideológica neoliberal de libertad absoluta de mercado, como en su versión de capitalismo de estado socialista, que de ningún modo es una economía social de mercado.

El aparente desplazamiento de la escena política del fenómeno de la Revolución Social, y no sólo la de carácter socialista, sino de cualquier tipo de Revolución Social, ante un Capitalismo extremadamente salvaje, visibiliza la presencia de una fuerte ideología comunicacional de modo de vida y de consumo, que impide cualquier cuestionamiento a la hegemonía absoluta del actual sistema como el único posible.

La falsa imagen de preponderancia política, de democracia, y extensión del bienestar económico al mundo desde países ricos con abundantes clases medias, es desmentida por la creciente e injusta distribución de la riqueza, demostrando que  el tan mentado capitalismo social nunca existió, como tampoco la social-democracia -por lo que se cumple aquello de que ínsitamente el Capitalismo y lo Social son antagónicos- y que los llamados Estados de Bienestar europeos tampoco fueron tales, porque en lugar de ser autosustentables, se asentaron sobre la rentabilidad industrial y financiera proveniente de la pobreza provocada por la desigualdad en el intercambio con los países dependientes, naufragando su modelo ante la actual crisis bipolar y energética, y no tanto por la merma  de sus finanzas del exterior y de su tecnología como por esa dependencia transnacional militar y política, al sostener anacrónicamente, todavía, las condiciones de la guerra fría.

Es diferente la experiencia y concepción de Estado de Bienestar de algunos países emergentes, con suficiente energía y materias primas, pero comprimidos por deudas externas, boicots, multinacionales y sobre todo por grupos nativos de poder económico y político, que obstaculizan la gobernabilidad en función de sus intereses, interfiriendo negativamente en la interdependencia comercial y política con otras naciones.

La presencia anacrónica en nuestros países de la posesión tradicional de grandes medios de producción en pocas manos, sobre todo de la tierra, incidiendo en los deseos consumistas desmedidos e irreales de las personas a través de las comunicaciones, evita toda autosustentabilidad posible, delimitando a los grupos de poder ante una gran masa que se ve privada lenta y progresivamente de bienes y derechos para vivir dignamente.

Siempre, históricamente, los pueblos han luchado por mejores condiciones de vida. Estas condiciones han estado sujetas a la lucha por la libertad y a su garantía a través de los Derechos. Los momentos históricos donde los pueblos perciben el quiebre de los mismos y el hartazgo conduce a la acción, no son azarosos ni producto de procesos históricos independientes de las personas concretas, pero tampoco de visiones y subjetividades intelectuales expresadas en determinadas categorías, sino de múltiples, personales y grupales disensos, resistencias y voces, acompañados de necesidades, demandas e ideas que terminan por visibilizarse y expandirse colectivamente, en unidad de grandes contradicciones.

La intelectualidad hegemónica, inclusive la transgresora, progresista o la que busca honestamente la verdad, es aquélla que puede expresarse; porque no todo hombre tiene la libertad de expresarse. Y esa intelectualidad tiene un pensamiento, en su aparente universalidad, de pocas miras, limitado por su transculturación y un medio acomodado. Aún aquellos que comprenden la unidad de los fenómenos en la diversidad, siguen realizando análisis que no aportan claridad, porque ven la marcha del mundo en general desde su cubículo académico. No ven ni comprenden la situación de necesidad básica de las personas inmersas en la supervivencia, en medio de las limitaciones de sus deseos, de sus esperanzas, de sus cotidianas luchas, del bombardeo ideológico de los medios, del temor ante la inseguridad propia y de los suyos, de la asfixia política que no le da salida ni credibilidad para un mundo mejor. Inclusive le imponen pensamientos economicistas como valores de la vida que atacan los valores de su cultura y de sus creencias más íntimas.

Los términos de Revolución Social de la intelectualidad, nunca han agotado lo que ella significa. Y se cree que los procesos históricos obedecen a situaciones que encorsetan en sus categorías de pensamiento. No ven la vida, sólo las ideas de sus categorías mentales.

Las revoluciones son la liberación del inconsciente ante situaciones limites y la posibilidad cierta de otro modo de vivir. Ni siquiera la ideología genera una revolución social. En cambio puede servir para visibilizar la injusticia e idear otro modo de vivir. Y también para comprimir a los pueblos cuando se ponen por encima de la vida de las personas. Sí, en cambio, es la Política desde sus protagonistas en cuanto obedece a aquellas necesidades, demandas e ideas, la que puede aglutinarlas en forma múltiple y sintetizarlas en una acción, cuyas decisiones pertenezcan a todos -implica una visión colectiva, comunitaria y colegiada de la Política-, llevando a la escena pública el destino de un siempre determinado y concreto pueblo, de una ciudad, de la población de un país, para que lo discuta y decida.

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