Domingo, 25 Julio 2021

En el día del padre, hermanos todos

Publicado el Domingo, 20 Junio 2021 12:55 Escrito por
El papa Francisco, durante la sobria ceremonia en la cripta de la basílica de Asís, donde está enterrado San Francisco El papa Francisco, durante la sobria ceremonia en la cripta de la basílica de Asís, donde está enterrado San Francisco El papa Francisco, durante la sobria ceremonia en la cripta de la basílica de Asís, donde está enterrado San Francisco

En octubre de 2020 el jefe de la Iglesia Católica hizo pública su tercera encíclica que tomó por título palabras de San Francisco de Asís, "para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio".

El papa Francisco pide en el texto un "mundo más justo"; y denuncia que con "la pandemia se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente" y espera que aprendamos de ella para alcanzar más "fraternidad". 

La Dra. María Elizabeth de los Ríos Uriarte es Maestra en Bioética y Doctora en Filosofía y realiza una síntesis de la encíclica, en la que asevera que Francisco realiza una llamada al reconocimiento mutuo como hijos e hijas de Dios y, por consiguiente, un emplazamiento urgente a la fraternidad y a la amistad social como medios de reconstrucción de un mundo herido. 

"En siete capítulos, el Santo Padre nos brinda claves para recuperar aquello que es más humano y que se asienta sobre la inalterable dignidad humana: nuestra sociabilidad y deseo de buscar lo común.

En el primer capítulo, “Sombras de un mundo cerrado”, nos habla de los peligros o sombras de un mundo cerrado en el que se nos realiza un diagnóstico de las consecuencias de vivir, paradójicamente, conectados mediante pantallas pero aislados unos de otros. Un mundo basado en el egoísmo y la autoreferencialidad que producen y reproducen amenazas del pasado y absurdas polarizaciones políticas.

En el segundo capítulo, “Un extraño en el camino”, el Papa retoma la parábola del ‘Buen Samaritano’ para profundizar sobre el sentido del prójimo bajo la figura del caído y abandonado al lado del camino para invitarnos no tanto a reconocerlo como prójimo, sino a hacernos prójimos de todos. La invitación consiste en sanar las heridas de quienes tenemos alrededor sin importar su lugar de procedencia o su afinidad ideológica con la nuestra, pero esto solo es posible cuando reconocemos la intrínseca dignidad de cada persona.

En el tercer capítulo, el Sumo Pontífice nos invita a “Pensar y gestar un mundo abierto” que tenga por base que estamos hechos para el amor, uno que va más allá de nuestra lógica. Un amor sin fronteras que encuentra cabida en la amistad social, que trasciende diferencias y proyectos políticos para, nuevamente, centrarse en la común dignidad de todas las personas. El reto de este mundo abierto es soñar y pensar una mejor humanidad.

En el cuarto capítulo, “Un corazón abierto al mundo entero”, nos exhorta a tener un corazón especialmente abierto al conflicto migratorio, a las crisis humanitarias de quienes tienen que salir de sus lugares de origen y se enfrentan al difícil proceso de aceptación y acogida en otros países. Este corazón debe favorecer procesos de acogida, promoción, protección e integración de los migrantes refugiados en el valiente acto de la gratuidad.

En el quinto capítulo, “Diálogo y amistad social”, nos invita a entender la política como amistad social, un ejercicio del poder público sano e iluminado por la caridad capaz de incluir a todos y de tomar decisiones que pueden atentar contra los estándares de eficacia, pero que permiten lazos de fraternidad más sólidos entre todos.

La sana política que propone el Papa consiste en promover el bien de todos y facilitar el desarrollo de todas las esferas de la vida social y comunitaria, generando fuentes de empleo, propiciando oportunidades de crecimiento, velando por el acceso igualitario y equitativo a todos los servicios.

En el sexto capítulo, “Diálogo y amistad social”, nos habla de la importancia del diálogo como herramienta de encuentro y respeto. Solo si somos capaces de escuchar la verdad del otro y respetando sus creencias podemos descubrir verdades que son atemporales y evidentes para todos en cualquier circunstancia. Nos invita, pues, a pasar de la falsa tolerancia al realismo dialogante.

En el séptimo capítulo, “Caminos de reencuentro”, la paz aparece en el horizonte como anhelo y esperanza, acompañada de la verdad y de la justicia y asimilando que el perdón y la reconciliación son deseables, más no obligados. El Papa Francisco lanza la invitación a ser constructores de paz propiciando espacios de encuentro, perdón y reconciliación.

Finalmente, en el octavo capítulo, “Las religiones al servicio de la fraternidad”, el Papa convoca al diálogo interreligioso y recuerda la común misión de las religiones: la paz y la fraternidad desterrando la violencia y el terrorismo religioso.

En resumen, la nueva encíclica, fraguada antes de la pandemia, pero pensada en el contexto de esta, es una invitación a tener un corazón abierto que sea capaz de albergar la fraternidad y la amistad social como vehículos para la reconfiguración de un mundo nuevo y de estructuras sociales y políticas más humanas y justas donde nadie quede excluido.

Otros analistas consideran que hay una fuerte denuncia en el texto del Primer papa latinoamericano: "la fragilidad de los sistemas mundiales frente a la pandemia ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado" asevera Francisco. Y agrega que existe la necesidad de "rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas".

Jorge Bergoglio ha declarado que cuando estaba redactando esta carta, "irrumpió de manera inesperada la pandemia de COVID-19 que dejó al descubierto nuestras falsas seguridades". Este documento, explica el papa, es una respuesta "para quienes quieren construir un mundo más justo y fraterno en sus relaciones cotidianas, en la vida social, en la política y en las instituciones".

Y cuando se habla de la pandemia, Francisco señala que "más allá de las diversas respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente". El papa explica que "el dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites que despertó la pandemia, hacen resonar el llamamiento a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia".

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