Sábado, 24 Febrero 2024

El jardín de los senderos rojos

Compañeras por compañeras | Hebe de Bonafini por Inés Escalante Albertali

Hace tan poco y tan lejos, apenas unos seis meses, Hebe nos convocó, una vez más, a lxs compañerxs de la Cooperativa Gráfica del Pueblo para armar la Agenda de Madres para el año que se venía. Como otras veces, coordinamos para tener esa reunión de trabajo donde nos contaba qué quería, nos retaba un poco y definíamos de qué forma plasmar su idea. Esta vez el encuentro no fue en la Casa de las Madres – a Hebe le habían recomendado no movilizarse debido a una reciente internación – sino en su propio hogar. Pronto nos dimos cuenta que era una extensión de la Casa de las Madres, unahabitación, o eran la misma cosa.

La casa de Hebe es testimonio de un amor. Un amor a la lucha y la política. Es el espacio doméstico de una revolucionaria, de una mujer del pueblo. La madre de todos nosotros.

Hebe y yo

Comenzaba el siglo XXI, más precisamente era el 21 de agosto del año 2000, el día que falté a la escuela pública de gestión salesiana en la que cursaba el primer año del Polimodal de la derogada Ley Federal de educación 24.195, y tenía 15 años. A la luz de mi historia, creo que ese fue el más preciado regalo de 15 que me hizo mi madre: Hebe iba a dar una charla en la Escuela Nº 729 en Rawson, en la que mi vieja era docente de matemática.

Como lo relata la maldita revista Noticias —-“El día que Hebe llamó «guerrilleros» a unos alumnos: «Es una palabra dulce»”—, en esa clase magistral, Hebe saludó a toda la concurrencia adolescente con la tierna y provocadora nominación de “mis queridos guerrilleros” y nos contó lo que había sucedido en nuestra pequeña ciudad hacía poco más de 20 años. No está de más enfatizar que nadie nos  hablaba de “eso” en la escuela, mucho menos estaba en los programas de historia, y ni hablar de conversarlo con nuestros mayores. “Eso” de que apenas a cinco cuadras de la 729 se habían iniciado las acciones del terrorismo de Estado que se aplicarían de manera sistemática en nuestro país a partir de la dictadura cívico-militar de 1976.

De ese día, el día que escuché a Hebe con los ojos abiertos, recuerdo con mayor claridad que nos habló de las mujeres. Nos habló de las mujeres que organizaron la fuga. Nos habló de Ana María Villareal, fusilada embarazada. Nos habló de la comisión de solidaridad con los presos políticos que ayudaron en la huida. Nos habló de que había que salir a luchar porque no se podía aguantar más la misiadura del gobierno de la Alianza. Y no solo nos habló a los jóvenes —hay que decirlo, Hebe fumaba bajo el agua—. Su clase magistral revolucionó la ciudad, que venía convulsionada por un parodocente de más de tres meses, y desató la ira de la exministra de Educación de Chubut, Graciela Albertella, que no sólo denunció a Hebe por “apología del delito”, sino que sumarió y sacó de su cargo a la vicedirectora de la escuela, responsable de convocarla al acto. Así fue que se ganó su apodo, puesto efectivamente por la misma Hebe, que en declaraciones posteriores a la prensa salió a defender a la docente sumariada. En esas circunstancias, llamó a la ministra “carcelera radical”, en claro guiño al carcelero asesinado en la fuga de los compañeros en el 72. Hebe, siempre urticante y picante.Ese agosto fue sin dudas, un mes fundante en mi vida como militante. Ese mediodía del 21 me volví exultante, una querida guerrillera. Al otro día viajamos al aeropuerto viejo de Trelew, en uno de mis primeros actos políticos que también fue uno de los primeros en conmemoración por los compañeros y compañeras fusilados en Trelew y reivindicación por la lucha de los 30 mil.

En 2003, instalada en la Ciudad de Buenos Aires, mis días transcurrían entre un asentamiento en Paternal y la Facultad de Ciencias Sociales. Ahora Hebe nos invitaba a entender la importancia de la política, no solo en las calles y en las organizaciones, sino desde el peronismo y por la vía de los votos. Esa podía ser una vía para la revolución. “No todos son lo mismo, como habíamos creído”, dijo Hebe cuando el gobierno popular de Néstor Kirchner las recibió por primera vez en la Casa Rosada.

En un principio con incomodidad y siempre con su guía, seguimos, y empezamos a repensar el peronismo y el poder político desde el gobierno.

Martes 25 de octubre 2022. Sofía nos dijo “las espera las 10.30”. Llegamos tarde, un viaje largo. Y como somos impuntuales y tan intensas y prepotentes, entramos directo por el pasillo, sin protocolos. Era una casa en el fondo de un PH, en el centro de La Plata. Al intentar pasar la primera reja, con amabilidad nos llama un policía que ni vimos, estaba en la puerta. Nos pregunta nuestro nombres y, claro, resultó ser el cana más gaucho que vi en mi vida, transformado por esa señora.

Martes de octubre, el sol de la mañana entraba límpido. Hebe sentada en su silla con almohadones para apoltronar su cuerpo de ya 93 años, la saludamos por el ventanal de madera mientras dábamos la vuelta y entrábamos por el patio. Y el jardín. Ese jardín que quiero describir para no olvidar.

Recuerdo la felicidad que sentí, el honor de estar ahí, el jardín no, ese jardín, como oda a la vida, la juventud, la revolución, los trabajadores y las trabajadoras, los pobres y desamparados, el peronismo, mi historia personal y la historia de un pueblo.

Un fondo de casa de ciudad del interior, sin pasto, con unos canteros marcados como con una cuneta de cemento para el riego; dos caminitos y tres canteros, algunos árboles frutales, un limonero lleno de limones, vivo como nada que yo haya podido cuidar; rosales estallados de amor y colores, un suéter rosa finito colgado en una percha secándose al sol y dos o tres camisetas, una roja… una primavera de pájaros y mariposas.

Martes de octubre y Hebe siempre dándonos su rostro y mirada más tierna, sin darle importancia a la llegada tarde. De pullover rojo y uñas rojas, se acomoda y arranca con las infaltables anécdotas con moralejas -que tiene mil-. Porque como ella dice, se hace política desde que nos levantamos y en cada cosa, por más pequeña que parezca, siempre hay algo para hacer por los otros.

        “Nos escribe un tipo de Viedma, manda fotos, que hizo unas agendas con los pañuelos, y le digo que mande algo para los barrios si va a usar el pañuelo… y nos llega un flete con zapatillas para       niños y frazadas”, cuenta.

Hebe es hipnótica. Ese día estaba más, especialmente. Nosotras no podíamos parar de decirle que la veíamos muy bien, entre los comentarios de la internación, que parecía estallar de vida, como todo a su alrededor. Era ella que transformaba todo, ese lugar que hizo uno de sus hogares los últimos 25 años, que remodeló hace 6 años porque cuando cocinaba no podía ver el jardín. Entonces puso un ventanal de aluminio blanco arriba de la mesada de la cocina, a pesar de que algunas madres le decían: “¡Pero, Hebe, meterte en una obra! Tenés 88 años”. Ella les decía que iba a vivir mucho más… Y tuvo razón, como muchas veces, porque en la pandemia esa fue su trinchera.

Desde ahí pensó proyectos enormes, como el Archivo Provincial de la Memoria. Si no hubiese sido revolucionaria, hubiese sido una archivista, le decimos. Y asiente, sí, que ella guarda todo, que de chiquita siempre guardaba recortes de diario, estampitas, flores y que lo mejor es hacer el Archivo de la Memoria en un barrio popular en Ensenada, donde ella se crió, en una barriada, y que además que se haga una escuela y un terciario de arte, que por qué a los pobres siempre les dan para estudiar oficios para seguir trabajando para los patrones, que ella quiere que en ese lugar se haga una universidad de arte para los pobres de Ensenada. Y ahí saca los planos, que tienen ventanas, para ver la villa y que la villa la vea. “Memoria Verdad y Justicia” mostraban los planos sobre el frente del archivo. Ella les dijo que no, que esa frase no las representa a las Madres. Así que la tachó y dijo: “La única lucha que se pierde es la que se abandona, esa es la frase que va”.

No era otro martes de octubre y había sido el día de la madre. Hebe y nosotras sentadas en la mesa de la cocina del comedor, reunidas, mirando planos sobre un mantel de hule rojo con buhitos, al lado de una orquídea regalada por el vecino del vivero, con el que comparten ratos y charlas, tal vez sentados en ese misma mesa, con ese mismo mantel.

Enamoradas, ya con la agenda cerrada. “Una agenda que entre en la cartera, barata, que está muy dura la cosa, que sea en blanco y negro, así se puede vender en la plaza… pedile las fotos al Vasco, te las manda él, llámalo”, dice, esperando otras historias…

-¡Bueno, chicas! Que tengo que almorzar un pollito con verduras hervidas y a la tarde tengo otra reunión… Pasen por acá.

Un último vistazo al rojo jardín, a la orquídea, al pullóver carmesí, ¡al altar de Gauchito gil! Y nos vamos, que tenemos Hebe para rato.

Para mediados de 2001 viajé a Buenos Aires y visité la Universidad de la Madres. Me compré una agenda en Julio. Nunca la usé. Esa agenda era un libro de efemérides. La tapa tenía un dibujo de una mujer pariendo. Y la frase parimos otros hijos.

Años más tarde, en 2017, comenzamos a hacer desde la Cooperativa Gráfica del Pueblo un trabajo editorial junto a Madres. Un libro y dos agendas. Efemérides y trabajo de archivo.

La agenda del 2023 salió un mes después de la muerte de Hebe, que llegó a ver la tapa, un pañuelo blanco contra un fondo violeta y la frase “46 años de lucha”. El interior lleno de fotos de archivo de Madres y, en cada página, la frase: “La única lucha que se pierde es la que se abandona”

Epílogo: Todos son mis hijos.

* Militante Proyecto Comunidad – Socióloga

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