Lunes, 15 Julio 2024

Las trompetas de Jericó y las murallas del gobierno

Publicado el Lunes, 22 Abril 2024 00:34 Escrito por

Si hablamos de Movimientos Sociales, comencemos con el Peronismo. Nunca en su historia política se ha visto tan fragmentado y desunido. No hay unidad, ni organización, ni dirección política ni conducción. ¿Dónde están sus dirigentes y las políticas catalizadoras para un Movimiento Nacional?

Ha sido un movimiento político amplio, multiforme y policlasista, que supo articular y conducir, en distintas etapas históricas, a múltiples y distintos sectores, gremios y clases sociales. Fue conformado por el aporte de masas populares que adherían a otros movimientos, como el Yrigoyenismo, las primeras izquierdas y el anarquismo sindical. 

Durante su proscripción, y como resultado de la resistencia y experiencia de lucha, se le incorporaron concepciones filosóficas y políticas al debate, y su práctica combativa con propios y ajenos lo llevó a enfrentamientos intestinos, aunque los principios y propósitos fundantes que le dieron origen permanecieron indemnes. Este Peronismo, ¿se encuentra con el rumbo perdido?

“Debatir, discutir, leer concienzudamente, pensar, buscar la verdad y actuar, es difícil, y no tiene por qué ser tarea sólo de los que participan”

Fue la síntesis entre las demandas populares y una visión política la que configuró aquellos principios y propósitos, dando lugar a la organización y conducción del Movimiento Nacional; en principio, constituido por la clase obrera, con una política promovida desde el Poder Gubernamental hacia y desde la organización social, algo inédito en la Historia de la Polìtica argentina.

Posteriormente, debido a la proscripción y persecución que sufrió, más la lucha contra los grupos de Poder, el colaboracionismo y las burocracias sindicales y políticas, no siempre pudo responder a esos ideales fundantes, fuertemente resistidos.

Posee como virtud –o fuego latente- un sentimiento e idea que permanece; pero, si en Politica es condición de sobrevivencia, no alcanza para aglutinar voluntades. Su mismo espíritu movimientista lo salvaguardó de abroquelarse en un cuerpo doctrinario cerrado –claro para la época-, perviviendo sus principios y conceptos fundamentales, más allá de las anacrónicas ortodoxias que pretendieron y aun pretenden, esquematizarlo.        

Esta característica movimientista le ha enriquecido conceptual e intuitivamente, transformándolo en un pensamiento político con diversas interpretaciones, visiones y corrientes, pero las más de las veces enfrentadas sectaria e ideológicamente, legitimando la lucha política en función de la hegemonía.

Estas posturas ideológicas –reales y negadas, pero también hipócritamente declamadas por algunos- sobre esos principios fundantes, surgieron del debate y lucha popular unas, y del caldero anochecido de las burocracias otras, pero todas en nombre del Peronismo. Generaron un anacronismo discursivo y de prácticas insostenibles para los tiempos que corren, mantenido por nostálgicos de la revolución, del progresismo o de la ortodoxia, y alejados de la realidad política –no así de sus principios y propósitos que aún perduran.

Sin embargo, no toda corriente que lo ha llevado al gobierno ha respondido a sus objetivos de independencia económica, soberanía política y justicia social. No por ello hay que caracterizarlo por alguna de estas corrientes o gobierno. Podemos acercarnos a una comprensión más nítida a partir de las políticas que esas facetas tuvieron respecto de esos objetivos y las transformaciones que produjeron.

La desarticulación impuesta por la dictadura, lo relegó a una opción estancada en lo electoral y a una política de administración -Neoliberal (Menemismo), Progresista (Kirchnerismo) y Social demócrata (Albertismo)- del Capitalismo. (Su íntima contradicción, que le impide avanzar en los cambios estructurales necesarios hacia aquéllos propósitos).

Por negar y condicionar la participación, digitar cargos y candidatos, promover el clientelismo al peor estilo partidocrático y conservador, por encorsetarse en el electoralismo y el legalismo, negociar con el Fondo Monetario y no renovarse, se ha diluido, en las nuevas generaciones y en la nostalgia de las que les precedieron, el sentido y fuerza transformadora de su sentimiento, idea y política.

Si en el Peronismo brilla por su ausencia el debate, la tolerancia al disenso, la organización y dirección política colegiada y democrática, la confianza en la militancia y en el protagonismo comunitario, no es de extrañar el dialoguismo y la apostasía de algunos dirigentes, especialmente los investidos de mandatos, que aumentan la duda y desconfianza en la población. Ante esa cerrazón, las reacciones e ideas instituyentes se han expresado en innumerables corrientes y agrupaciones; muchas, cruzando la línea y creando partidos electorales, y otras, traspasando el límite ideológico aliándose a tradicionales opositores.

Al igual que el Peronismo, el Radicalismo sufre una crisis similar, quizás peor. Al caer en un legalismo liberal-burgués y estancarse en una visión del Derecho y de la Democracia condicionada por ese mismo legalismo, priorizó el electoralismo sobre el Movimiento Social, renegando muchos de sus sectores –no así su Movimiento- a los postulados populares originales. Entregaron el aparato partidario a la ultraderecha y a la oligarquía tradicional, con un inconcebible antagonismo hacia otras representaciones populares. No obstante, otras de sus corrientes mantienen su espíritu esencialmente democrático.                                                                       

La izquierda, por su parte, en los últimos años ha logrado una cierta permanencia legislativa, aunque continúa lenta la construcción de su unidad como fuerza política relevante, y más allá una coherencia ideológica, está definiendo políticas más nítidas para los tiempos que corren, continuando como punta de lanza en la resistencia a todo pensamiento antipopular, legalista, antidemocrático, dialoguista y negociador. Pese a identificarse con el campo popular y plantear políticas aceptadas por otras fuerzas, todavía no consigue conciliar la aparición del fenómeno de otros movimientos populares. En esta coyuntura y a los fines de una sociedad más justa, es necesario la unidad de todo el campo popular.

Por esta situación, ¿encausan hoy los Movimientos Populares las necesidades, demandas y esperanzas para una alternativa de Poder popular real? ¿Siguen siendo una opción de gobierno para sacar al País del estancamiento, la deuda externa y desigualdad estructural? ¿Continuarán como tibia alternativa de otra posible administración o sólo de crítica permanente? ¿Podrán agrupar a la militancia y aglutinar voluntades, derribar poderes, para una transformación valiente, genuina y justa de la Economía, de la Politica, de la Ciencia, el Derecho y el Estado?

Es con la reversión de las prácticas partidocráticas y el purismo ideológico por sobre la política, donde podría darse la recomposición de estos Movimientos. La situación actual exige crear condiciones y ámbitos que permitan acordarlo; que posibiliten caracterizar correctamente la coyuntura y fijar con claridad un objetivo común y medidas de acción directa, con pautas programáticas de gobierno que respondan a las necesidades, demandas y sueños de la población, a su participación y protagonismo. Que no sean espacios sólo de los que intervienen en la discusión, que sean de todos.

Hoy nos enfrentamos a un gobierno con un discurso y una construcción simbólica descarnada, puramente emocional, que todos los días impone andariveles para que la indiferencia, el pseudoconocimiento y la mentira se naturalicen con brutal desprecio a los sectores del trabajo, a los jubilados y a los más desprotegidos. Todo ello mientras avanza a todas luces el saqueo sistemático al Pueblo, al Estado y a la Nación. Un discurso cuasi ideológico que no respeta leyes, procedimientos ni a las relaciones humanas más elementales, avivando impunemente resentimientos ancestrales del corazón humano.

“Las buenas ideas no arruinan a los Pueblos, son los hombres los que arruinan las ideas”.

Por ello urge establecer desde lo político y lo social, pero también desde lo discursivo y conceptual, una línea clara y precisa para la acción, que distinga claramente lo que lleva a una vida digna o a la infinita codicia, a los valores humanos o a un materialismo de vaciedad sin sentido, a la cultura del conocimiento o a la incultura de la frivolidad y el puro deseo. Si la Política está imbuida de inhumanidad, no sirve para nada. Concepto de lucha fundamentales para la vida antes que la Politica. Y finalmente, no esperar justicia en la gobernabilidad de los que únicamente buscan rentabilidad, en lugar de un servicio para el mayor bien posible. La legitimidad de una elección no implica legitimar el daño a la población. Es un punto de inflexión donde no es lícito ni el dialoguismo ni la negociación, porque no hay sensibilidad, buen corazón, lógica y razonabilidad. Están en juego el bienestar y supervivencia.

Los Movimientos del campo popular, ¿serán capaces de tocar las trompetas para derribar esas murallas?

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